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¿Es la propina una cuestión generacional? A ratos parece que sí: es fácil ver a muchas personas nacidas antes de los años setenta dejando una cuantiosa cantidad de dinero en el plato después de una copiosa comida –o un frugal café–, pero no lo es tanto cuando los comensales son más jóvenes.

Se debe, en parte, a la creciente mala consideración social que tienen las propinas, que pueden llegar a considerarse como una parte del salario del trabajador que no asume el empresario, sino el cliente.

Algo que en la mayor parte de sectores sería impensable.

Los camareros, por su parte, deben buscarse la vida para maximizar sus ingresos.

Por lo general, la lógica es implacable.

Es decir, si uno es simpático y agradable pero no demasiado metomentodo, es bastante más probable que reciba una buena propina que si es un borde que ha vertido la botella de vino sobre el traje de un cliente y ha realizado una inoportuna broma sobre el vestuario de otro de los comensales.

En dicho caso, más que llevarse una propina, seguramente termine llevándose una bronca de su jefe.

Los clientes suelen dejar más dinero cuando conocen cómo se llama el camarero ("¡hey, tiene nombre! ¡Como yo! Debe ser buen tío") Si usted es camarero, esto le interesa, pero también si va a frecuentar restaurantes o terrazas este verano.

A lo largo de las últimas décadas, de mano del auge de los estudios sobre consumo, se han realizado un buen puñado de investigaciones en el contexto real de un restaurante que desvelan cuáles son los factores que más influyen a la hora de dejar propina.

Seguramente le haya llamado la atención que, en su última visita a determinada cadena de restaurantes (piense en el ejemplo que prefiera), lo primero que ha hecho el camarero ha sido presentarse por su nombre, que además es bien visible en una placa que luce en su camisa.

Es el camino más corto para granjearse la simpatía de los clientes, pero también para conseguir una propina más jugosa.

Es lo que averiguó una investigación publicada según la cual los clientes consideraban al camarero más amigable y sentían una mayor empatía hacia él cuando conocían cómo se llamaba (“¡hey, tiene nombre! ¡Como yo!”).

El (pequeño) experimentó mostró que las camareras que decían su nombre obtenían un 23% en propinas, mientras que las que no lo hacían, solo un 15%.

Eso sí: “La presentación necesita ser genuina y profesional.

Una presentación maleducada o poco sincera causa el efecto opuesto”.

¡Agáchate! Las reglas tradicionales de protocolo señalan que no es muy adecuado agacharse cuando se srve a un cliente.

Sin embargo, tiene sentido psicológicamente, y ponerse al nivel del consumidor (literalmente) suele provocar que el camarero caiga mejor, ya que facilita la comunicación, que las miradas de cliente y trabajador se crucen y cierta intimidad.

Como descubrió el propio Lynn en un experimento que más tarde publicaría bajo el nombre de 'Effect of Server Posture on Restaurant Tipping', este truco no verbal proporciona sus réditos económicos.

Si se trata de un restaurante de gala, quizá mejor sea no inclinarse sobre el cliente, puesto que se considera un gesto muy informal Los autores acudieron a dos restaurantes de Houston (Texas), donde contaron la ayuda de un camarero caucásico y otro mexicano.

En todos los casos, ambos camareros cobraron más cuando se agachaban, aunque era una diferencia no demasiado sustancial, tan solo de un 3% (sin embargo, muy rentable para tratarse de un gesto tan sencillo).

Si se trata de un restaurante de gala, quizá mejor sea no hacerlo, puesto que se considera un gesto muy informal.

Sonríe Una obviedad, en cuanto que una sonrisa probablemente sea el gesto de simpatía más universal, pero que no viene mal recordar.

Es lo que hicieron dos investigadoras llamadas Kathi Tidd y Joan Lockard, que intentaron comprobar tal extremo en un restaurante de Seattle, mandando a sus amaestrados camareros a sonreír (o no) a clientes que se encontraban solos.

Ojo, porque en este caso la diferencia sí era significativa.

Mientras que aquellos que mantenían su boca cerrada solo se llevaban 20 céntimos más, si mostraban una amplia sonrisa, se llevaban 48 céntimos.

Efectivamente, un aumento del 140%.

Toca al cliente (pero sin pasarte) Atender mesas es parte actuación, parte carisma y todo profesionalismo.

Los buenos camareros llevan la comida a la mesa exactamente como se ordena.

Los meseros excelentes llevan personalidad con la comida.





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